domingo, 26 de febrero de 2012

Salvajes, Don Winslow

El poder del perro (2005) no es solo una crónica apenas maquillada de los triunfos, alianzas, desventuras e infamias del narco mexicano en las últimas décadas (aunque, en efecto, pueda leerse así), sino, sobre todo, una novela amplia, ambiciosa, autosuficiente, que explora el mundo del crimen organizado desde perspectivas diversas y afrontando sus implicaciones morales, sin que ello signifique la censura maniquea de sus personajes más indefendibles. El invierno de Frankie Machine (2006) no es solo un retrato preciso y descarnado de la mafia italiana que opera en Estados Unidos, sino la difícil travesía de un hombre que rememora y evalúa su pasado como matón a sueldo, del cual se asumía librado.

¿Qué podía esperar, pues, de Salvajes (2010), una de las novelas más recientes de Don Winslow, publicada en español por la editorial Martínez Roca? Que no fuera solo un thriller con mucho suspenso, mucha sangre y mucho sexo, sino algo más, algo sustancioso, cataclísmico, como sus predecesoras. Por esta vez, me quedé esperando.

Me cuesta entender que a Janet Evanovich (su opinión se incluye en la contratapa de la novela) le parezca que es este el mejor libro de Winslow, y que en The New York Times aprecien sus bromas “ingeniosas” y sus “geniales” personajes. Precisamente sus personajes y sus bromas son dos de las debilidades más notorias de la novela. Pero hablemos de sus puntos fuertes, que en realidad se reducen a uno solo: el manejo de la tensión y del suspenso. Nadie que busque darle una patada al aburrimiento saldrá defraudado de Salvajes. No faltan escenas porno ni asesinos feroces. El lenguaje carece de pudor; los personajes, por lo general, de escrúpulos. El libro nos convence de que estamos instalados, como ilesos espectadores, en los bajos fondos, esos en los que la vida cuelga de un hilo ínfimo. Quizá uno de los problemas de esta pieza sea basar su atractivo en darnos un paseo sobresaltado por el mundo del crimen organizado con el énfasis siempre puesto en su condición cruda, despiadada.

¿De qué va la cosa? Además de amigos insobornables, Ben y Chon son productores y vendedores de marihuana en Estados Unidos. Disfrutan de su producto y del dinero que les reditúa, que no es poco, y comparten una amante complaciente y desprejuiciada, Ophelia, la anodina, compradora compulsiva y multiorgásmica O. Los tiempos gratos y lúbricos para estos tres terminan cuando el poderoso cártel mexicano de Baja se interesa en el producto de los gringuitos: estos deben ser sus proveedores exclusivos. Como Ben ya había pensado retirarse del negocio para dedicarse de lleno a la ayuda humanitaria en países remotos, ofrece ceder el negocio al cártel, pero el ofrecimiento no es aceptado. Para convencer a Ben y Chon de las bondades de la oferta, los de Baja secuestran a O. El resto del libro narra las acciones de rescate de los amigos.

Vayamos a los defectos de Salvajes. La motivación central es débil: además del sexo, nunca nos enteramos de que haya un nexo más profundo entre los chicos y O., de modo que la reacción de aquellos, el que estén dispuestos a perder una fortuna e incluso a arriesgar la vida por salvar a la chica, resulta a todas luces desproporcionada. Por si fuera poco, O. es un personaje gris, huero, sin absolutamente ningún atractivo si exceptuamos si buena disposición a tener sexo entre tres. ¿Qué decir de la actitud de O. ante el secuestro? La tiene cautiva una de las organizaciones criminales más poderosas de México y Estados Unidos, y ella no atina sino a imaginarse en un reality show, lo cual resulta a todas luces poco creíble, aun tratándose de una inteligencia tan limitada como la suya.

Las bromas del libro son burdas y poco ingeniosas (ejemplo: ante la noticia de que el cártel de Baja lo dirige una mujer, se menciona la cólera que ello le daría a Hillary Clinton), así como los diálogos (“¿Cómo se justifica que haya gente capaz de hace algo tan... salvaje?”, “Es que eso es lo que son: salvajes”), sin mencionar sus onomatopeyas eróticas (“Ella empieza a gemir: -Ah, ah, ah... Oh, oh, oooooooooooooooooh....”). Algunos pasajes del libro están escritos como guión cinematográfico, sin que el recurso se justifique ni los pasajes mencionados se diferencien en modo alguno de los narrados en forma convencional, de modo que la técnica queda como un derroche fortuito.

Apuesta poco lograda pero digerible, sobre todo para gustos indulgentes, Salvajes baja el listón de calidad de Winslow de forma dramática, pero no alcanza a liquidar las buenas expectativas puestas en sus futuras ficciones.

*Salvajes, Don Winslow, traducción de Alejandra Devoto, México, Martínez Roca, 2012, 349 páginas.

3 comentarios:

Augusto dijo...

Don Javier, omite una reflexión importante respecto a Don Winslow: la sospecha de que haya empezado a copiarse a sí mismo. Por el resumen que da de "Salvajes", sale uno con la imagen de un aplicado escribidor que ha leído sobre "un tema para una novela" y, que con el material reunido y la experiencia acumulada de dos novelas previas de asuntos afines, sacó del horno de su cerebro una parodia de sí mismo para satisfacer a su editor y a sus lectores expectantes. Winslow cree haber encontrado una fórmula de éxito; a cambio, se está ganando el olvido, despeñándose por el camino -seguro como mortal- del goce de figurar como "el éxito de la temporada". A don García Márquez le tomó ocho años sacarse de encima el estilo de "Cien años de soledad".

Para no desentonar con el tono de este comentario: no conozco a Winslow pero recomiendo mucho los cuentos que don Javier escribe y que pueden leerse gratuitamente en el internet (el libro de Winslow, en cambio, les costará 340 pesos).

Augusto dijo...

Añado este comentario, después de leer dos veces más la reseña que ha escrito don Javier: me sorprende las palabras benévolas y hasta agradecidas que escribe respecto a la pornografía que se pasea por la novela de Winslow. Uno, o a lo mucho, dos, de los cuentos que conozco de Javier pueden calificarse de escabrosos y cercanos a la vulgaridad; del resto, puede decirse que son esperpénticos o eróticos, pero en ningún modo vulgares, que es lo que pornográfico significa cuando hablamos de algo artístico. Es pertinente discutir sobre la pornografía escrita, tan aburrida y encima en desventaja respecto a la que podemos ver en una revista o en video. Para empezar, sería adecuado que Libroadicto repasara ciertos clásicos que sin duda don Javier atesora en su biblioteca. Pienso en "Memorias de una pulga", un libro que conocen hasta nuestro bisabuelos.

Javier Munguía dijo...

Winslow no se ha copiado, Gutto, sino que ha bajado el nivel. Ha mantenido solamente su buen manejo del suspenso y la tensión, y ha tirado por la borda la profundidad, la verosímil configuración de los personajes, la crítica social y muchas cosas más. Agradezco tus lecturas y comentarios, sinceramente.

PD. La pornografía escrita no es necesariamente aburrida. Al contrario, puede ser bastante estimulante. El problema es que de Winslow espero más que pornografía. No me molesta que escriba escenas sexualmente explícitas, sino que su libro tenga pocos atractivos más.

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