La casa del propósito especial, publicada este año por la editorial Salamandra, es la tercera novela que leo de John Boyne. Ninguna de las obras del autor me ha defraudado; por el contrario, mi admiración por este irlandés nacido en 1971 crece y se consolida de libro a libro. La característica en común entre esta novela y las dos ficciones anteriores de Boyne, El niño con el pijama de rayas y Motín en la Bounty, es el sustrato histórico que las tres tienen. Este rasgo no significa que el autor se conforme con enterarnos de sucesos de cierta relevancia ocurridos en el pasado. Boyne parte de la Historia, pero va más allá de ella: se toma todas las libertades del mundo, como la recreación de personajes documentados que coexisten con creaturas cien por ciento ficticias, para acercarse con mayor profundidad y emoción a su materia narrativa. La especulación y la imaginación tienen en los libros de Boyne más peso que la investigación de biografías y otros estudios. El resultado son novelas que, al mismo tiempo que dan cuenta de ciertos hechos que han marcado una época y siguen siendo recordados, valen por sí mismas.
En La casa del propósito especial, el suceso histórico recreado es la última época de los Romanof como la familia real en Rusia. El zar Nicolás II fue obligado a renunciar al gobierno de su país en 1917 por los revolucionarios bolcheviques. Un año después, tanto el zar como su esposa e hijos fueron asesinados por el comando que los mantenía aislados en la casa Ipátiev, en la ciudad de Ekaterimburgo. Existe la leyenda de que la hija menor del zar, Anastasia, escapó del triste destino de su familia. Dicha leyenda constituye una parte fundamental del argumento de esta novela.
El libro no arranca contando estos hechos, sino en Londres, en 1981, cuando el anciano ruso Georgi Danilovich Yáchmenev -narrador y protagonista- debe enfrentarse al fin inminente de su esposa Zoya, aquejada de un cáncer muy avanzado. Ante este hecho tan doloroso e irreparable, Yáchmenev recuerda en desorden pasajes de su vida, como la muerte de su hija, su llegada a Londres, su paso por París, su salida de Rusia. Al final del primer capítulo, el lector estará intrigado por conocer la causa de los diversos traslados de Georgi y su esposa, y también conmovido por el duro trance que el viejo tiene que arrostrar.
En el segundo capítulo, el narrador nos relata sus años de infancia y juventud en una pequeña aldea de Rusia, al lado de unos padres muy pobres y muy indiferentes a las necesidades afectivas de su hijo. Ante un infausto acontecimiento en que el quinceañero Georgi queda como un héroe, su destino dará un vuelco grande: pasará de ser un simple campesino en un pueblo remoto a nada más y nada menos que el guardián de Alexis Romanof, hijo del zar y, por tanto, futuro soberano de Rusia. Georgi se trasladará, pues, al augusto Palacio de Invierno de San Petersburgo, donde trabará estrecha relación con la familia real y cometerá el exquisito despropósito de enamorarse de una de hijas del zar.
A partir del segundo capítulo, la novela deja de lado el recordar en desorden y sigue una pauta estricta: uno de los planos narrativos, el que cuenta la vida de Georgi en su aldea primigenia, su posterior ingreso al servicio de los Romanof, su historia de amor prohibido y su posterior salida del palacio, avanza en sentido cronológico; el otro plano, que relata los años de Yáchmenev posteriores a su etapa en Rusia, progresa en sentido totalmente inverso al orden cronológico. Este recurso no parece un mero capricho formal: ambas líneas, aunque opuestas en su estructura, se dirigen al punto culminante que las une. Aun cuando en el plano que avanza al revés sabemos primero los efectos que las causas, el autor se las arregla para que estas últimas sean motivo de curiosidad para el lector.
Quizás el único fallo de esta obra sea que su gran secreto, celosamente guardado hasta casi las últimas páginas, puede ser adivinado por quien lee muchos capítulos antes de su revelación. Sin embargo, dicho fallo no afecta gran cosa al disfrute del libro, ya que su mérito no está soportado en el descubrimiento de un secreto, sino en una tensión sostenida de principio a fin y en la capacidad del autor de abordar diversos y sustanciosos asuntos sin que su relato pierda unidad. Al igual que en Motín en la Bounty, en La casa del propósito especial se dan cita las pasiones humanas en todo su esplendor y dramatismo: la insatisfacción ante las pocas expectativas que en ocasiones ofrece la vida, el amor que duele por irrealizable, la traición involuntaria ante un amigo, el empeño de olvidar el pasado, la huella indeleble que deja una experiencia traumática, la maldad, la deslealtad y el perdón, entre otras.
Además, la novela nos da una imagen distinta de los bolcheviques, que nos revela, cifrado, el destino de todas o casi todas las revoluciones. No estamos ante unos monarcas despiadados y ante un pueblo inocente plagado de héroes anónimos que luchan por la justicia social. Los Romanof se nos presentan más bien como seres complejos, que así como pueden ser solidarios y dignos, también son mezquinos, cometen errores y caen víctimas de su propia ceguera. En el destino final de la última familia real de Rusia, muerta en manos de soldados, puede verse la ambición que corrompe las mejores causas, el sistema social inocuo que es reemplazado por uno igual o peor, las esperanzas traicionadas de tantos ciudadanos ávidos de un cambio real.
Con este libro queda más que demostrado, por si alguien lo dudaba, que John Boyne no es solo el autor de El niño con el pijama de rayas.
2 comentarios:
Fantástica reseña. Este libro me interesa pero aún no he podido leerlo, sin embargo, después de leer lo que has escrito, in duda ya avanzó varios puestos en mi lista de deseos.
Saludos
~Yelania
Muchas gracias, Yelania. Me da gusto que te interese el libro. Cada vez me convenzo más de que Boyne es un gran escritor. Saludos de vuelta.
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